Antídoto.

– Curar este tipo de mal no es tan complicado. O sí. Los ingredientes son extraños. Algunos no se pueden conseguir, siquiera. Afortunadamente, se pueden reemplazar. El otro día, mientras revisabas esa caja, encontré una vieja receta para curarte. Está medio borroneada, pero se entiende. Tenés que conseguir pocas cosas. Acá dice: Una planta de Ruda Macho. Dos cucharadas de vino blanco. Agua, cantidad necesaria. Parece fácil. Plantás la Ruda en cualquier maceta. Recién plantada, le agregás a la tierra las dos cucharadas de vino blanco. Después, durante tres meses la regás con agua. Lo más importante es que sea todos los días y a la misma hora: 8:30 am. ¿Sos capaz de madrugar?. En fin. Durante noventa días tenés que regarla exactamente a las 8:30. El día número noventa, te vas a dar cuenta que ya estás curado. No por la planta, ni por el vino, ni por regarla religiosamente a la misma hora todos los días. Sino porque ha pasado el tiempo y ha hecho lo que debía hacer: regalarte la gracia del olvido. Qué bueno que este tipo, un tal José S., haya dejado esta receta acá.

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Almanaques.

– No. No es momento y lo sabés. Hace horas que estoy diciéndote que no es momento de abrir esa caja. No de nuevo. No hoy. Estás entero ahí. Todo lo que sos, lo que te avergüenza, lo que quisite inútilmente dejar de lado, las heridas que aún te sangran. Hasta el pedazo de papel metálico ya vacío de tanta noche. Estás hecho trizas. Son retazos tuyos que estás desempolvando. ¡Desempolvando! nunca mejor dicho, a veces soy tan ocurrente que me sorprendo a mí misma. Por fin me río de algo. Hace una semana, dos días y varias horas que no me río. Que no me reía, mejor dicho. Porque ahora me río.

– Julia, estás diciendo pavadas. Estás delirando. Dejame a mí con mis retazos tranquilo.

– Ahora me río. ¿Sabés de qué me río? Diría que con vos. Pero no, me río de vos. Me río de la situación que generás. De la manía por recorrer estaciones hacia atrás. De sacar el pedazo de Marzo de 2004 que tenés en la mano ahora. Ahí, ese otro, al costado tuyo, creo que es Febrero 2007. Te conozco tanto. Puedo relatarte todo lo que hay en la caja. Sin repetir y sin soplar. Jaja, como decían en la tele. Cuando éramos más chicos. Bueno, no te conocía, pero seguro que lo veías. No es mi estilo desvariar, vuelvo al punto.

– Claro, no. No es tu estilo desvariar.

– El punto era que estás enfermo. Que sabés que tenés que tirar todo eso. Que querés tirar todo eso. Sabés que tirar eso es como tirarme a mí. Alejarme de donde no podés alejarme. Es el simbolismo de lo que en la vida real no podés hacer. Y me río de vos porque no te animás ni siquiera a tirar ese pedazo de papel metálico en el que te traje lo que me pediste el 15 de Junio de 2005. Siempre te dí lo que me pediste. Vos y tu puta costumbre de borrarme la sonrisa. Yo siempre te dí lo que me pediste. No hice más que darte todo. Ya no río, te das cuenta. No río.

– ¿Me estás escuchando? Callate un poco, por favor. Callate.

– Y yo, que siempre te dí todo, no me río. No me río por tu culpa. Porque por tu culpa no puedo parar de recordar un almanaque de años atrás. Porque por esa puta caja que quisiste abrir…

– Callate.

– Por esa puta caja que quisiste abrir, me tenés acá de rehén en tu pasado. ¡Es que sos tan cobarde! no podés venir de visita vos sólo. Es necesario que me traigas a mí. No podés reencontrarte con vos mismo, con tu propia soledad a solas.

– Te dije que te calles, Julia, la puta madre. Trato de no escucharte pero dijiste eso que no quiero escuchar: No es de cobarde. A nadie le agrada encontrarse con sus miserias. Vos deberías saberlo. Justo vos, que sos parte de esto. Que estás tan jodida como yo. No te ví enfretarte a vos misma nunca.

– No me río.

Emanuel comienza a llorar. Un halo de luz que entra por la ventana de la pared izquierda evidencia el polvo que cubre todo. Que los cubre a ellos.

– Estás equivocada, Julia. A nadie le gusta encontrarse con sus miserias.

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Un(trapos)Titled

Desgarrados por los hechos ocurridos. Las miradas, en silencio, sólo hablaban de desesperación. En la soledad de esa habitación, un mundo de bajezas los aturdía, los ahogaba. Afuera, 34 grados, hora: 23:51. Adentro, el tiempo estaba detenido. El ventilador de techo batía ese aire denso que, naturalmente, correspondía a una noche de verano. Sobre la cama, estaba tendida ella, cubriéndose la cara con sus manos. Él estaba mirando por la ventana, como intentando buscar algo que lo saque de allí.

–  No quiero irme.

El silencio reinaba alrededor. La única oración que se había oído en horas, parecía haberse deshecho en el tumulto de incomodidades. Él apenas volteó para verla, derrotada, y siguió en su universo. Quiso abrir la ventana, pero recordó la bisagra rota y optó por golpear la pared, tratando de desahogarse. Ella se asustó.

Con las últimas fuerzas que tenía, se levantó y se acercó.

– Dije que no quiero irme.

Él comenzó a llorar. Lloraba desconsoladamente. Ella lo abrazó por la espalda. Le besó el hombro, dejó sus lágrimas correr.

02:37. Al contrario de lo que comunmente ocurre, esta vez el tiempo parecía estar verdadermente acelerado. Era imposible calcular cuánto tiempo había transcurrido entre el abrazo, el llanto, la cama, la confesión.

– Dale, Julia, andate. No es momento para esto.

– Me había olvidado de tu voz.

– No desvaríes. No cambies de tema, dale. Te abro la puerta.

– Me había olvidado de cómo se te marca la comisura de los labios cuando pronunciás la “p”.

– Basta, Julia. Mañana, o en otro momento, te llamo.

Ella lo miraba, perdida. De pronto dejó de conocer ese rostro. Dejó de reconocerse a ella misma. Se veía desde afuera, parada, desnuda, rogándole al Emanuel más distante que había conocido que por favor la dejara quedarse. No pudo más que apiadarse de sí misma. No pudo más que sentir lástima. Su único tino fue agarrar su ropa y querer salir así.

– Esto me preocupa, mirate. Mirá lo que parecés. Todo esto te hizo muy mal. Sos un desastre.

Por inercia, se recostó nuevamente en la cama. Él la miraba sin hablar, sin entender.

Se quedó dormida diciéndose a sí misma, susurrándose: Lo que más me duele es verte derrotada.

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